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Ana, viajera y turista, las dos cosas a la vez. Amo estar de viaje, pero también disfruto estar de regreso a mi casa.Planificar un viaje me seduce, me gusta mucho arriesgarme a cosas nuevas. 

 

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Patagonia 2

Recordar un buen momento es sentirse feliz de nuevo

 

Gabriela Mistral

 

 

Casi sin amanecer y entusiasmados por las recomendaciones de nuestros anfitriones, salimos del Cinco Rios Lodge www.cincorios.cl/  a continuar nuestro recorrido dirección sur por la Carretera Austral, la ruta 7. Originalmente pensábamos cruzar a Argentina por el Paso Huemules, pero seducidos por las historias y las descripciones de lo que nos venía adelante, decidimos quedarnos en Chile un rato más. De todas maneras nos pareció un desvío aceptable. El sol se abrió paso entre las nubes y nos acompañó en todo el recorrido. Fuimos pasando lagos y lagunas de intensos azules, y montañas coronadas por picos nevados. El recorrido por  el Parque Nacional Cerro Castillo, en carretera de asfalto, tiene subidas empinadas, y luego bajadas con pendientes fuertes y vistas panorámicas del valle del Rio Ibañez y de las montañas que lo rodean.

Nuestro destino era un poco alejado pero habíamos hecho cálculos del tiempo y los kilómetros a recorrer y todo parecía estar en orden. Aún así el camino se hizo más largo de lo esperado y sin darnos cuenta, entre cruzarnos algún huemul, los casi extintos ciervos patagónicos,  o quizás alguna liebre, terminamos llegando al mediodía a Puerto Rio Tranquilo. Fuimos siguiendo instrucciones al pie de la letra: pongan gasolina porque después no hay bombas, almuercen en el restaurant del medio (sólo había tres que parecían idénticos, con comida casera y cero pretensiones), y lo más importante, no dejen de hacer el paseo a las Capillas de Mármol en el Lago Carrera.

Bueno, el sólo hecho disfrutar estar frente al Lago General Carrera (que se llama Lago Argentino en su parte argentina) es algo espectacular; Es inmenso, el segundo más grande de Suramérica, de un azul profundo y rodeado de cumbres. Lo que no imaginábamos era la magnitud de lo que nos faltaba: el paseo en bote a las Capillas de Mármol y la verdad que se nos estaba complicando el plan. Las lanchas no estaban trabajando porque no había casi turismo en esa época, y la única que había disponible, estaba siendo contratada por un grupo de jóvenes chilenos que querían ir solos. Casi retirándonos decidimos insistir una última vez y fuimos aceptados. Subiríamos a la embarcación con el grupito.

 

 

Tuvimos que caminar como un kilómetro hasta el lugar donde estaba anclada la precaria lancha. Por segundos pensamos en un naufragio en esas aguas heladas. Nos advirtieron que era un recorrido más o menos largo. De hecho el paseo duró como una hora.

Llegar a esos acantilados y descubrir su secreto fue algo que nos quitó la palabra por momentos. Fue algo mágico. Las Capillas y la Catedral son cuevas de colores blancos y cremas, formadas por erosión de años que hacen contraste con el color cristalino del agua.  Llegas en la lancha hasta adentro e incluso en alguna te puedes bajar. Para mi superaron a la gruta Azul en Capri. Este santuario de la Naturaleza queda alejado de todo. Llegar es difícil, además no hay alojamiento cercano, ni nada. Para algunos eso nos resulta más atractivo, pero la realidad es que el acceso hace que sea un destino turístico poco visitado.

 

 

Estábamos en éxtasis con este descubrimiento, uno de los secretos guardados del sur de Chile, y no nos dimos cuenta que se nos hacía tarde. Seguimos entonces camino, ahora sí decididos a llegar antes del cierre de la frontera.

Pasamos el lago Bertrand y el caudaloso río Baker (no se dice Beiker). Un poco más adelante, tomamos el desvió en dirección a Valle Chacabuco. Nos quedaban más de 160 kms de carretera de tierra, pero por el momento, nuestra meta era llegar antes que se fueran los gendarmes del Paso de frontera.

En la ruta, vimos algunos ñandúes y un ocasional guanaco. Ramon, experto en fauna patagónica nos desaconsejó acercarnos. Nos explicó que aparte de ser rápidos, los guanacos escupen a distancia. Insistimos  en bajarnos y para sorpresa nuestra, este guanaco solitario que habíamos visto en la ruta era solo el centinela. Fue tarde cuando nos vimos atrapadas entre una manada de unos cincuenta de estos animales, ancestrales pobladores de la Patagonia. Parecía que el día no terminaba de sorprendernos.

 

Seguimos recorriendo sobre la nada. Ni el GPS sabia ubicar nuestro paradero. Vimos una casa en una colina y decidimos que era propiedad de cuestionado americano que ha comprado grandes extensiones de tierra en Argentina y Chile con propósitos de conservación del todo el ecosistema de la Patagonia.

 

 

Finalmente ya oscuro pero iluminados por una luna llena que se aventuró a salir esa noche, llegamos al Paso Roballos. Fuimos los únicos en cruzarlo ese día. Nos sentíamos héroes. Al poco rato ya estábamos en tierras de San Martin, pero todavía lejos de cualquier poblado, ni asomo de luz eléctrica. Apagamos las luces de la camioneta y nos quedamos ahí en silencio, mirando las estrellas y el cielo infinito. Los tres acordamos que ese día tuvo un misticismo especial.

 

 

Llegamos como a las 11 de la noche a Bajo Caracoles. Sabíamos que era un pueblo pequeño de unos 40 habitantes, pero también que era  lo más cercano a la Cueva de las Manos. Nuestra visita de la mañana siguiente. En Bajo Caracoles hay un sólo hotel: Hotel Bajo Caracoles. El único problema es que las encargadas dormían. Tuvimos que tocar varias ventanas hasta que aparecieron y nos atendieron, inclusive nos hicieron unos sanduches y compramos unos jugos. El hotel es totalmente precario. Baño común y un cuarto helado con una estufita que debe dar calor hasta medio metro de distancia. Nunca he pasado tanto frío desde aquel 31 de diciembre durmiendo en carpas beréberes en el desierto de Erg Chebbi en Marruecos.