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About Me

Ana, viajera y turista, las dos cosas a la vez. Amo estar de viaje, pero también disfruto estar de regreso a mi casa.Planificar un viaje me seduce, me gusta mucho arriesgarme a cosas nuevas. 

 

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RANTAMBHORE

Llegamos al misterioso y romántico coto de caza de los antiguos maharajá de Jaipur. Tierra de Kipling y del tigre bengala. Salimos a nuestro primer safari con el asomo del primer rayo de sol. No podíamos creer la temperatura que hacía pero los pobladores del cercano pueblo de Sawai Madhopur sí que la conocen, a las puertas de la entrada del parque nacional nos esperaban vendedores ambulantes de guantes y gorros que nosotros compramos con entusiasmo e imperiosa necesidad. Así camuflajeados dentro de gruesos tejidos  de colores tierra y verdes abrimos las páginas del libro de la selva y nos adentramos en él.  Nos fuimos tropezando con templos dedicados a dioses y deidades que habían sido devorados por una vegetación que se adueña de todo. Nos invadieron una mezcla de aromas a tierra húmeda, a maderas secas y a animales escondidos. Pasamos lagos y bosques hasta que de repente el ambiente se tiñó de naranja y negro. Ahí estaban dos tigres, inmensos, imponentes. Levantándose con pereza. Fue inevitable sentir temor. Se acercaban a nosotros lenta y  pausadamente, pero firmes y determinados. Sus ojos amarillos se cruzaban con cada uno de los nuestros. Estábamos entregados. Llegaron a escasos cinco metros de nuestro vehículo. Nadie habló, sólo esperamos nuestro destino. Nos pasaron de largo, se alejaron. Juguetearon entre ellos. Nos entró la euforia. ¡Lo logramos! Somos pocos los que vivimos esta experiencia. Los tigres son escurridizos y también ellos nos tienen miedo. Regresamos triunfantes a disfrutar de nuestro hotel cinco estrellas en medio de la nada.

Para mi era la hora perfecta para la meditación y el yoga. Me había preparado antes de salir de viaje asistiendo a algunas clases de yoga y esta lugar me invitaba. Me reuní con otros dos personas y con el yogui.  La clase comenzó con las sílabas que se repiten incansablemente en toda Asia, OM, el principal de todos los mantras. Esta clase, y la del día siguiente me dejaron descubrir el verdadero yoga. Una práctica que sólo busca llegar a un estado de concentración total  donde la mente se disuelve y se libera de sus propios pensamientos. Poco importan las posiciones que asumimos como una especie de ejercicio light para mantenernos en forma, olvidando el verdadero sentido de ésta práctica milenaria.

Seguimos viajando, teníamos la sensación de haber llegado a este país hacía mucho, pero llevábamos sólo seis días y nos restaban otros seis más. Nuevamente Mohan y Sonny nos distrajeron con el programa del día dentro de nuestra casa que se muda cada dos días de ciudad. Esta vez fue música. Todo un repertorio de canciones folclóricas y rituales hindúes que llenaban el espíritu al escucharlas. Música relajante.







 

RANTHAMBORE

Llegamos al misterioso y romántico coto de caza de los antiguos maharajá de Jaipur. Tierra de Kipling y del tigre bengala. Salimos a nuestro primer safari con el asomo del primer rayo de sol. No podíamos creer la temperatura que hacía pero los pobladores del cercano pueblo de Sawai Madhopur sí que la conocen, a las puertas de la entrada del parque nacional nos esperaban vendedores ambulantes de guantes y gorros que nosotros compramos con entusiasmo e imperiosa necesidad. Así camuflajeados dentro de gruesos tejidos  de colores tierra y verdes abrimos las páginas del libro de la selva y nos adentramos en él.  Nos fuimos tropezando con templos dedicados a dioses y deidades que habían sido devorados por una vegetación que se adueña de todo. Nos invadieron una mezcla de aromas a tierra húmeda, a maderas secas y a animales escondidos. Pasamos lagos y bosques hasta que de repente el ambiente se tiñó de naranja y negro. Ahí estaban dos tigres, inmensos, imponentes. Levantándose con pereza. Fue inevitable sentir temor. Se acercaban a nosotros lenta y  pausadamente, pero firmes y determinados. Sus ojos amarillos se cruzaban con cada uno de los nuestros. Estábamos entregados. Llegaron a escasos cinco metros de nuestro vehículo. Nadie habló, sólo esperamos nuestro destino. Nos pasaron de largo, se alejaron. Juguetearon entre ellos. Nos entró la euforia. ¡Lo logramos! Somos pocos los que vivimos esta experiencia. Los tigres son escurridizos y también ellos nos tienen miedo. Regresamos triunfantes a disfrutar de nuestro hotel cinco estrellas en medio de la nada.

Para mi era la hora perfecta para la meditación y el yoga. Me había preparado antes de salir de viaje asistiendo a algunas clases de yoga y esta lugar me invitaba. Me reuní con otros dos personas y con el yogui.  La clase comenzó con las sílabas que se repiten incansablemente en toda Asia, OM, el principal de todos los mantras. Esta clase, y la del día siguiente me dejaron descubrir el verdadero yoga. Una práctica que sólo busca llegar a un estado de concentración total  donde la mente se disuelve y se libera de sus propios pensamientos. Poco importan las posiciones que asumimos como una especie de ejercicio light para mantenernos en forma, olvidando el verdadero sentido de ésta práctica milenaria.

Seguimos viajando, teníamos la sensación de haber llegado a este país hacía mucho, pero llevábamos sólo seis días y nos restaban otros seis más. Nuevamente Mohan y Sonny nos distrajeron con el programa del día dentro de nuestra casa que se muda cada dos días de ciudad. Esta vez fue música. Todo un repertorio de canciones folclóricas y rituales hindúes que llenaban el espíritu al escucharlas. Música relajante.