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About Me

Ana, viajera y turista, las dos cosas a la vez. Amo estar de viaje, pero también disfruto estar de regreso a mi casa.Planificar un viaje me seduce, me gusta mucho arriesgarme a cosas nuevas. 

 

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Delhi

CRÓNICA DE UN VIAJE ESPERADO


...viaje con nosotros, le trataremos como a una vaca (Air India)


Para empezar, escogí diciembre como la época ideal. Había estudiado el clima y sin duda la más fría del año era la ideal; escondía los olores que tanto parecían asustar a los viajeros, solapaba el sucio entre las neblinas, y el azul del cielo templado de fin de año parecía exaltar los colores de los saris, las flores y los estucos de los templos.

 

DELHI

Llegamos a Delhi  casi de madrugada.  En el aeropuerto nos esperaba el guía y ahora nuestro amigo, Prasanna Gautam. Fue el primer contacto con la calidez del indio. Amable en todo momento, atento ante cualquier petición. Tranquilo y apacible aún cuando tenía que confrontar quejas o complicaciones, y siempre con una sonrisa en la cara. Nos llevó a nuestro autobús que para ese momento se veía como uno cualquiera, pero que más tarde descubriríamos que sería una suerte de hogar ambulante.

Ese primer recorrido en penumbra lo único que nos permitió ver fue que Delhi es un ciudad que no duerme. Las calles repletas de gente como hormigas, llevando cosas de un lado a otro, cruzando las calles como si fueran los jardines de sus casas sin mirar a los lados e ignorantes de las máquinas que les pasaban rasantes y que ellos parecían percibir como algo más que alguno de los elefantes o vacas que merodeaban, también adueñados de las calles y aceras, como los verdaderos jefes de esos predios.

Llegamos al hotel Oberoi. Todo un lujo de recepción. Nos dieron la bienvenida entregándonos guirnaldas de aromáticas flores de jazmín y también poniéndonos en la frente la tilaka o bindi.  Agotados nos fuimos a nuestras habitaciones.

Todo estaba planeado para despertarnos tarde y así empezar a acomodar el horario a la nueva realidad asiática. Desayunamos un apoteósico manjar indio sin dejar a un lado las delicias tradicionales de un desayuno americano, así que entre panes picantes, yogures y frutas salimos a comenzar a formar parte de las mil millones de personas que hacen de esta vasta tierra su lugar de vida.  

El tour de la ciudad  es algo que con el tiempo y los viajes he comenzado casi a aborrecer. Los lugares más visitados por tradición se han convertido para mí en los predilectos para ignorar, pero se me hizo difícil en Delhi y en las ciudades que siguieron, y la única solución que encontré fue intentar pasar un poco más de tiempo en cada lugar para compartir el deber con el placer.




Comenzamos visitando la Mezquita Jama Masjid, la más grande de la India, en el barrio de Chandni Chowk del Viejo Delhi, donde nos subimos en los carritos rickshaw que para deleite de todos nos llevaron como en una carrera de obstáculos entre carretillas con mercancía, perros, vacas y gente, siempre mucha gente. Pasamos por infinidad de puestos de comidas rápida estilo hindú de aromas nuevos y extraños, tiendas de especies con sus tobos de variados y resplandecientes polvillos de curry y otras especies, tiendas de telas coloridas cuyos bordados brillaban llenos de fantástica pedrería y mezclados entre esos, puestos de barbería y dentistas con sus clientes y pacientes sentados disfrutando el paso de la gente por esas estrechas calles mientras les era extraída una muela o cortado su pelo. Vimos pasar un cortejo fúnebre con un muerto cubierto por una tela blanca y rodeado de flores amarillas  sostenido por hombres delgados que caminaban descalzos  con un paso rítmico en camino a la pira municipal. Mas tarde nos subimos en nuestro animal moderno donde fuimos saludados por Mohan y su ayudante Sonny quien parecía un recolector de pasaje de un “carrito por puesto” caraqueño, ya que no hacía nada más que acompañar a nuestro sosegado y alegre conductor. Desde ahí arriba vimos el lento pasar del cuerpo sin vida de un hombre que seguramente ahora está viviendo en el cuerpo de una hormiga o con suerte, de algún animal un poco más grande.



Seguimos camino al Qutub Minar donde están los restos de un minarete símbolo del poderío mogol de cinco siglos atrás, hasta la instauración de la democracia en la India y cuyo origen han permanecido bajo un velo de misterio. Nuestra guía local nos da una larga explicación del paso de estos invasores en tierra hindú, sus conquistas  y las costumbres que trajeron del norte.

Nuevamente con apetito, decidimos almorzar en una panadería local del lado de Nueva Delhi que es totalmente otra cosa, limpia, con calles anchas; son como dos ciudades distintas. Aprovechamos de probar sándwiches, croissant locales y todo tipo de pasta seca.

Continuamos hacia los predios de la tumba de Humayun, un templo mogol de tenues tonos rojizos y ejemplo importante de la arquitectura imperial de los mogoles. Para terminar la tarde turística fuimos,  al Raj Ghat, el monumento erigido en honor a Gandhi alrededor del sitio de su cremación, en las riberas del Ganges.  Como hicimos este viaje a sólo un mes del bombardeo en Mumbai el turismo foráneo estaba en su nivel más bajo, pero la industria local es tan grande que el lugar estaba lleno. Parejas de jóvenes, niños vestidos a la usanza de Gandhi, grupos de mujeres. De repente un grupito de niñitos inquietos decidió hacer de nosotros su diversión de la tarde y nos persiguieron pidiéndonos dinero. Prasanna nos alertó que no debíamos darle limosna, así que entre fotos y sonrisas nos fuimos alejando en dirección a nuestro autobús, no sin antes sucumbir al lamento infantil y dejarles algunas pocas rupias. Ya en la carretera de regreso al hotel nos dimos cuenta que estábamos rodeados de un enjambre de niños. Nos venían siguiendo desde varios kilómetros atrás. En un semáforo se subieron intentando llegar a las ventanas. Terminamos entregándoles parte de las chucherías que trajimos desde aquí y que teníamos dentro. Los niños nuestros decidieron relacionarse con sus pares asiáticos, ambos grupos se entretuvieron mirándose. Los indios hacían maromas para divertirlos. Actos acrobáticos sorprendentes. Consiguieron un mono y lo subían con un palo hasta que llegaba a estar cara a cara con los niños, sólo separados por el cristal.



Esta es Delhi, la capital del segundo país más poblado del mundo.

En la noche salimos a cenar a un restaurante de comida hindú de la región  de Cachemira. Veda en el Inner Circle de Connaught Place. Comimos como maharajas. Sabores sublimes. Inolvidables. Regresamos exhaustos, tristes de darnos cuenta que nos faltaba mucho por ver, pero preparados para seguir camino hacia Agra.